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Correr el Velo

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Faltan diez minutos para la medianoche, en vísperas de Samhain, la última cosecha del año y la festividad de los difuntos. El mundo se llena de energías que laten, esforzándose tras el velo por llegar hasta la humanidad, por recordar y por recuperar el don de la memoria. Te encuentras de pie en un gran claro solitario. Algunos dicen que es un bosquecillo, otros lo llaman nemetón. Los altos abetos que flanquean tres lados de este lugar mágico permanecen firmes y majestuosos, sus ramas oscuras y veladas invitan al secreto y la protección. Detrás de ti queda el rastrojo del maizal, que aparece blanco a medianoche, cuyo producto ha entregado a los hombres para que prosperen durante los meses duros y fríos que vendrán. El asqueroso veneno de la humanidad humea a lo lejos: las ciudades rebosan de delincuencia y desesperación, corrupción y ambición. Ya no eres una persona de hace siglos, sino del presente. La neblina flota y se desliza sobre el suelo. Ligera, plateada, roza los dobladillos de los pantalones y de los vestidos largos y pesados, acaricia mantos y capas de muchos tonos. La luna inicia su arduo viaje por el cielo, proyectando marfileños rayos ondulados de magia sobre todo lo que hay debajo. Como antes, eres uno más entre muchos, jóvenes y ancianos, gruesos y delgados. Fluctúa ante ti un mar de caras, cada una de las cuales apenas puede ocultar una tensa expectativa. Ojos de todas las edades observan el bosquecillo con detenimiento. ¿Les parece que todo está dispuesto? Los susurros ondulan en la niebla, tejiendo los hilos de unidad entre la gente. Lo sientes. Buscan la unión con el universo, se acercan y después se separan. Con alivio, sabes que por fin formas parte de los que te rodean, que todos buscáis un objetivo común. Observas a una mujer solitaria que contempla el cielo envenenado; sus labios forman una línea que indica determinación. El aire frío de la noche hace ondular su manto gris. Se dirige suavemente al centro del círculo, deslizándose entre las intensas sombras titilantes de las antorchas que la rodean. Prestas atención a lo que susurra la gente. -¿Qué vamos a hacer? -le dice una anciana a su acompañante. -No te creas que esta noche vaya a cambiar nada -le responde el joven. -Las cosas no han salido del todo bien desde la última vez que viniste -dice la mujer que está a tu lado-. Aunque los maestros hagan esfuerzos por ocultarlo. La mente del grupo te afecta. Es un pensamiento fugaz, una punzada de dolor. La desesperación serpentea a través de su energía. Puede que sea la esperanza lo que aliente a los demás, o el temor lo que les envuelve la mente. Tal vez sea más que pura determinación. Con manos graciosas y hábiles, la mujer de gris prepara la fogata y se inclina con reverencia cuando se encienden las llamas. Se hace el silencio en el bosquecillo cuando las llamas se elevan hacia el cielo, lamiendo y escupiendo chispas que se niegan a morir. Todos, hombres, mujeres y niños, se acercan a la hoguera y se dan la mano. Una anciana coloca su bota junto al pie del hombre que tiene a su lado, y él hace lo mismo con la persona que le sigue, hasta que todo el círculo se une y se cierra. Eres uno con el latido del universo. En silencio, la mujer apoya las manos sobre un montículo de tierra que hay cerca de la fogata. Con los ojos cerrados, habla en voz baja. Pronuncia palabras que sólo escuchan los dioses. Se acerca a un cuenco de agua y hace lo mismo. De un bolsill de su manto gris de lana extrae un puñado de hierbas en polvo. Girando la muñeca con delicadeza, echa el polvo en las fauces de las llamas, murmurando con el silbido y el chisporroteo de la madera. Con los brazos extendidos, retrocede. La niebla y la fragancia se elevan en una nube voluminosa por encima del lugar sagrado. A tu alrededor, muchas personas inhalan el aliento sagrado de los elementos. Cierras los ojos y aspiras tú también, lentamente. Te envuelve una cálida sensación de amor. Las cargas de la vida suben y desaparecen, capa a capa. Tu corazón está libre, tu alma se purifica. Todos respiran al unísono. Eres uno de ellos. Las nieblas sigilosas y la fragancia que se expande se fusionan por encima de la fogata. Te das cuenta de que haya unas cuantas personas en la arboleda sagrada que quieren soltarse y echar a correr, pero la mente de los maestros las contiene: esto no debe ocurrir. Sientes el contacto mental de los fuertes y los puros que mantiene unidas las energías dispersas que tratan de liberarse. -Todavía no se ha cerrado el círculo -farfulla una joven. -¡Calla! -dice entre dientes la anciana que hizo que la gente se acercara-. ¡Todavía no conoces todos los misterios! La forma que hay encima de la fogata se compacta. La mujer del círculo se arrodilla junto al montículo de tierra, hunde las manos y recoge el polvo fino en el hueco de las palmas. Se pone de pie y levanta hasta el pecho las manos ahuecadas. -Cuando las arenas del tiempo se disuelven en la unidad del universo, invoco a los Antiguos para que nos protejan y nos infundan su sabiduría. Ancestros de antaño, levantaos y sumaos al puente humano que os aguarda. -Y al decir esto abre los brazos poco a poco y separa los dedos, de modo que la tierra cae al suelo. Desde las sombras que proyecta el parpadeo de la fogata, los espectros de los seres queridos pasan entre los vivos. De pronto, te das cuenta de por qué estás aquí. Es tan sencillo y, al mismo tiempo, tan complicado. No importa si has estado practicando a solas o con un grupo. No importa si te has dedicado tú mismo o con la ayuda de alguien. Lo que importa es el gran misterio. Comprendes de antemano que todos los que están allí tienen el mismo objetivo. Todos juntos, despertaréis a la Madre que ha dormido dos mis años. El reinado de su Hijo se acerca a su fin. Bajo la tutela del Hijo, los hijos de la Madre aprendieron a amar, a trabajar y a desarrollarse en el plano terrestre, en gran medida como el propio Hijo. Es hora de reunirse con ella y de recuperar el equilibrio del planeta. Sólo en Samhain la Madre puede despertar de su sueño profundo entre los muertos. Entonces surgen de su pueblo nuevas leyendas, leyendas de prosperidad, paz y amor. La mujer del círculo alza los brazos y entrelaza las manos, con los índices extendidos, apunando a la fogata.
Madre sabia y Madre fuerte
Despertad y fijaos en vuestra poderosa multitud
Desde el vértice alumbrad
Un círculo mágico a nuestro alrededor.

Aparece un punto azul en el centro de la fogata, que crece hasta convertirse en un círculo azul brillante que rápidamente envuelve a todos los presentes y forma una burbuja protectora rodea a todo el grupo, por arriba y por abajo. -¡Igual por arriba que por abajo! -grita la bruja-. ¡El círculo queda sellado! -El aullido del viento y el de los lobos resuenan en los oídos de todos, pese a que no hay ningún movimiento físico. -¡Ahí viene! -exclama excitado un niño-. ¡Ahí viene! El corazón te late con fuerza, por la expectativa. La mujer vuelve a señalar el centro de la fogata. Madre sabia y Madre fuerte
Despertad y fijaos en vuestra poderosa multitud
Del elemento del aire
Traed a nuestra Madre, sabia y hermosa.
Del elemento del fuego
Traed a la Madre que deseamos.
Del elemento de la tierra
De su esencia, alumbradla.
Del elemento del agua
Traednos a la Hija sagrada.

La multitud se pone a dar patadas en el suelo mientras repite de forma monótona las palabras de la mujer. Se te empiezan a poner de punta los pelos de la nuca. Un grito. Un crujido. En medio del círculo está el Dios de pie, los músculos tensos a la luz de la hoguera, la cabeza poderosa lanza chispas doradas desde las puntas de sus astas. Un silencio dulce y oscuro desciende sobre el círculo. Alza al cielo sus ojos de ébano. -Despertad ahora, Señora mía, porque nos ha llegado la hora. Como me disteis hace tanto tiempo, he cuidado de vuestros hijos. Ya he cumplido con mi deber. Juntos, vuestros hijos y yo esperamos vuestro regreso. Despertad, Señora mía, al nuevo siglo. La tierra resuna, los árboles se estemecen, pero la gente permanece inmóvil. De debajo de la tierra suenan los gritos del alumbramiento, que atraviesan el aire con intenso frenesí y entran en el círculo. El centro de la fogata late y se expande. Se te llenan las fosas nasales de un aire electrificado. Emerge la Diosa, como el ave fénix de las llamas. Los cuervos bajan desde el oeste, cerniéndose y chillando en el aire sobre su cabeza iluminada. Sonriendo, sale flotando de la hoguera y abraza al Dios. ¡Ha aparecido! Se corre el velo.

Fuente: Cómo preparar un caldero mágico de Silver RavenWolf

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